
Aprender a parar antes que tener que parar
Aprendí a parar recién cuando mi cuerpo ya no me daba otra opción.
9/18/20263 min read


Durante mucho tiempo parar no formaba parte de mis opciones. Siempre había algo más para hacer. Algo que resolver. Alguien que necesitaba algo. Una tarea que todavía podía terminar. Y si podía hacerlo, ¿por qué no iba a hacerlo? Creo que esa pregunta explica bastante bien cómo funcioné durante muchos años.
Dormir una siesta podía generarme culpa. Descansar cuando todavía quedaban cosas pendientes también. Incluso cuando estaba cansada, mi cabeza encontraba rápidamente un argumento para seguir. Yo era muy buena para exigirme. Y también era extraordinariamente buena para acostumbrarme a esa exigencia. Hasta que hubo alguien a quien no pude convencer de seguirme el ritmo: mi cuerpo.
Durante años atravesé períodos de mucho dolor físico y crisis asociadas a la fibromialgia. Hubo momentos en los que mi cuerpo directamente no respondía como yo quería. Levantarme, moverme con normalidad, trabajar o sostener el ritmo habitual podía convertirse en algo dificilísimo. Y eso, para alguien que había construido buena parte de su identidad alrededor de “yo puedo”, “yo resuelvo”, “yo sigo”, fue mucho más que tener dolor. Era encontrarme con algo que mi voluntad no podía ordenar. No importaba cuánto quisiera seguir. Había días en los que mi cuerpo decía que no.
Siempre me ocupé —y me sigo ocupando— de la dimensión médica de mi salud. Y quiero ser muy clara con esto porque no creo en explicaciones simplistas sobre la enfermedad ni estoy contando una historia de curación a través de las emociones.
Pero mientras atendía mi salud, también empecé a hacerme otras preguntas sobre mi manera de vivir. Tuve que mirar mis hábitos, el descanso, el estrés, mi mundo emocional, la meditación, la oración y, especialmente, mi relación con la pausa. Y descubrí algo bastante incómodo: yo sabía parar. Lo que no sabía era parar antes de estar obligada a hacerlo. Porque cuando el cuerpo ya no me permitía seguir, paraba. Cuando el dolor era demasiado, paraba. Cuando literalmente no podía más, paraba.
El desafío era otro: reconocer una señal y no discutir con ella. Sentir cansancio sin convertirlo inmediatamente en algo que tenía que superar. Descansar aunque todavía pudiera seguir. Cuidarme antes de necesitar urgentemente ser cuidada. Eso fue —y sigue siendo— un aprendizaje.
Empecé a reconocer cuándo mi cuerpo entra en tensión. A prestar atención a señales que antes podía ignorar con una facilidad impresionante. A comprender que descansar no es algo que tengo que ganarme después de haber cumplido con todo. Y también a aceptar algo que para mí no fue nada sencillo: que poder seguir no significa necesariamente que tenga que seguir.
Desde Marzo 2025 que no atravieso aquellas crisis de dolor que durante mucho tiempo formaron parte de mi vida. No sé qué parte corresponde a cada una de las cosas que fui haciendo y no necesito convertir mi experiencia en una explicación que no puedo sostener. Continúo ocupándome de mi salud y ésta es solamente mi historia. Pero sí sé que mi relación con mi cuerpo cambió.
Durante mucho tiempo esperaba que mi cuerpo acompañara las decisiones que ya había tomado mi cabeza. Hoy intento hacer algo bastante diferente: escucharlo antes de decidir por él.
Todavía puedo exigirme de más. Todavía puedo obsesionarme con algo. Todavía aparece esa Silvana que cree que si se organiza un poquito mejor seguramente puede meter tres cosas más en un día en el que ya no entra absolutamente nada. No desapareció. La diferencia es que ahora la reconozco mucho antes. Y quizás eso sea lo que más cambió. Antes paraba cuando ya no podía más.
Hoy estoy aprendiendo a parar cuando todavía podría seguir. a que mis dias dejen de ser una carrera de obstaculos y que mi valor no radica en hacer.
Para alguien que durante buena parte de su vida creyó que su fortaleza estaba en poder con todo, aprender que también hay fortaleza en saber cuándo parar no fue un aprendizaje pequeño. Y todavía lo estoy aprendiendo.
Silvana Oliver
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