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Sobre el amor, la libertad y todo lo que tuve que aprender para incluirme a mi también

Durante años pensé la libertad como algo que tenía que defender sola.

9/18/20264 min read

La libertad es una de las palabras que atraviesa profundamente mi historia, pero no siempre significó lo mismo para mí. Durante muchos años ser libre estuvo muy asociado a poder decidir por mí misma, no depender, resolver, sostenerme y tener la posibilidad de construir mi vida según mis propias decisiones. Y seguramente no sea casual. Hubo muchos momentos de mi historia en los que sentí que la libertad era algo que tenía que defender.

Entonces aprendí a conseguirla. Aprendí a trabajar, a generar mis propios recursos, a tomar mis propias decisiones, a hacerme cargo de mi vida y a construir una independencia que hoy valoro profundamente. Lo que me llevó bastante más tiempo fue descubrir que ser libre no es solamente poder hacer lo que quiero. También es poder saber qué quiero, elegir y hacerme responsable de eso.

Porque cuando pasaste muchos años resolviendo lo que había que resolver, ocupándote de lo urgente, sosteniendo lo importante y haciendo lo necesario para que las cosas funcionen, elegir desde el deseo puede resultar bastante menos sencillo de lo que parece. Durante mucho tiempo supe muchísimo mejor qué tenía que hacer que qué tenía ganas de hacer.

Y quizás por eso mi relación con la libertad terminó encontrándose también con otro aprendizaje que atraviesa mi vida: el disfrute. Elegir algo simplemente porque me gusta y porque soy libre de que me guste. Querer algo sin necesitar justificar para qué sirve. Cambiar de opinión, irme, quedarme, descansar, viajar. Disfrutar de algo sin convertirlo inmediatamente en una tarea, un objetivo o algo productivo. Parece sencillo. Para mí no siempre lo fue.

Y en medio de todo este recorrido también fui comprendiendo que la libertad tiene mucho que ver con el amor. Porque si pienso en los grandes amores de mi vida, sería ingrato e imposible reducirlos al amor de pareja.

Está el amor por mi hija, Victoria, el gran amor de mi vida, y una de las experiencias más profundas y transformadoras que elegí vivir.

Está el amor por mis amigos. Esos amigos que se vuelven familia y que muchas veces también me conectan con Dios. Los que conocieron versiones mías que ya ni siquiera existen. Los que estuvieron cuando nada parecía tener demasiado sentido, cuando yo no era la mejor compañía, cuando ni yo misma lograba entenderme. Los que, en momentos en los que yo no confiaba demasiado en mí, confiaron por mí durante un rato. Y me mostraron, una y otra vez, que el amor también es lugar seguro donde esta mi libertad.

Está el amor por mis animales, que ocupan un lugar enorme en mi vida y me enseñan una forma de presencia, cuidado y compañía difícil de explicar para quien nunca la haya experimentado. Con ellos conocí el amor sin expectativas sobre quién debería ser el otro, sin pedir explicaciones ni garantías. Un amor genuino, profundamente simple y, quizás por eso mismo, extraordinariamente libre.

También fui descubriendo mi amor por Dios y una Fe que con los años fue transformándose y haciéndose cada vez más propia. Una Fe que no me dio ni me da todas las respuestas ni hizo que desaparecieran mis miedos, pero que fue enseñándome algo que necesitaba profundamente aprender: confiar incluso cuando no puedo controlar lo que va a pasar.

Está el amor por mi trabajo y por las miles de personas que acompañé y sigo acompañando por sus procesos que respeto y honro profundamente. Está mi amor por aprender, por los libros, por viajar, por una buena conversación de esas que siempre cambian algo, por un buen café, por esos pequeños placeres que durante mucho tiempo podían pasarme inadvertidos y por tantas personas que fueron y siguen formando parte de mi vida.

Y también está el amor por mí, aunque hasta escribirlo me resulte un poco trillado. Quizás haya sido uno de los amores que más tuve que trabajar. No porque nunca me haya cuidado ni porque haya pasado mi vida sin valorarme, sino porque durante mucho tiempo amar a otros me resultó bastante más fácil y natural que preguntarme si la manera en la que estaba viviendo también me estaba haciendo bien a mí.

Podía cuidar, acompañar, sostener, estar. Hasta que apareció una pregunta bastante más incómoda: ¿yo también estaba incluida entre las personas a las que cuidaba?

Y esa pregunta cambió muchas cosas. Quizás cambió mi universo entero. Cambió también mi manera de entender la libertad.

Porque hoy ser libre para mí no significa no necesitar a nadie, no comprometerme con nada o poder irme cuando quiera. Tampoco significa ponerme siempre primero. Significa algo bastante más difícil: poder amar, cuidar, comprometerme, respetar y construir con otros sin desaparecer yo en el intento.

Significa poder elegir sin que todas mis elecciones estén organizadas alrededor de lo que esperan o necesitan los demás. Poder disfrutar sin sentir que antes tengo que haber cumplido con absolutamente todo para merecer disfrutar. Poder estar profundamente vinculada y seguir escuchándome. Y entender que incluirme no significa excluir a otros.

Quizás por eso hoy pienso que una de las libertades más grandes que estoy aprendiendo no tiene que ver con irme de ningún lugar. Tiene que ver con poder quedarme en mi propia vida.

Con lo que amo, con mi familia, con las personas que amo, con lo construido, con aquello que elijo. Y conmigo también.